En 2050…seguiremos siendo humanos

Este domingo el periódico “El País” publicaba en su suplemento “Ideas” un especial sobre el mundo en el año 2050 (puede consultarse aquí). En resumen: seremos nueve mil millones de personas, apenas se usarán los coches, habrá robots sexuales y tostadas controladas con la voz,  hablaremos de derechos cerebrales y el gran reto de la salud pública serán los microorganismos resistentes a antiobióticos. Será un mundo marcado claramente por la tecnología y la falta de trabajo, y la mayoría nos dedicaremos a percibir una renta básica universal o a ganarnos la vida dándole clics a páginas de Amazon o Facebook.

Unas páginas más adelante, en la sección de Negocios tratan precisamente de cómo será el trabajo en la era de los robots y ahí se cuela que las universidades tendrán que superar el modelo que sirvió a la tercera revolución industrial pero que no es capaz de servir adecuadamente a la cuarta, y este cambio no viene sólo por más informática, más economía o más matemáticas sino por la recuperación del papel que tuvieron en el pasado las humanidades o la filosofía.

Hace no tanto se decretó el fin de la filosofía, el futuro sería de las máquinas y el big data y una disciplina que problematiza las soluciones o discute sobre problemas que no existen era un pesado lastre para un mundo caracterizado por el pragmatismo y la rapidez. Parece, por tanto, que la filosofía no está tan muerta y seguirá acompañándonos como viene haciendo desde hace más de 2500 años.

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Artículo “Heridas del ser” de Galder Reguera

Y es que el futuro de la humanidad seguirá siendo humano. Estos artículos, que es mejor leerlos con escepticismo, como si se tratara de ciencia ficción, me hicieron recordar un texto que publicó Galder Reguera en la revista Lápiz en octubre de 2006. Se titulaba “Heridas del ser” y analizaba una serie de trabajos del pintor bilbaíno Andoni Euba que plasmaban en óleo sobre aluminio “paisajes con heridas”, extensiones que se pierden en el horizonte y que presentan brechas de diversa forma y tamaño, algunas parecen abrirse o cicatrizar pero no hay ningún paisaje libre de heridas. Reguera las interpreta como heridas del ser, “aquellas que nos preceden y que siguen ahí cuando ya no estamos. Son las heridas de la vida, aquellas que se abren y cierran inexorablemente con el paso del tiempo, con el paso de la edad […] los paisajes heridos de Euba señalan la condición trágica e inevitable del ser humano: su naturaleza esencial” [1].

Esas heridas que pinta Andoni Euba son las heridas que ningún artilugio podrá cerrar, pues son la esencia propia del ser humano, el agujero que nos acompaña, la falta en ser de la que habló Jacques Lacan y que es consustancial al ser hablante, la quiebra que se desvela en la angustia, en un malestar que no podemos obturar con velos imaginarios ni con palabras y alrededor de la cual organizamos, como podemos, nuestra existencia, asemejándose al agujero que centra “El jardín de las delicias” de El Bosco. Esta herida nos acompañará, no sólo a cada uno de nosotros, sino a la humanidad en su conjunto, ahora y en el 2050. El mundo del futuro podrá ocultar el agujero de otra manera, y no hay duda de que la tecnología tendrá en ese cometido una función privilegiada, pero las heridas seguirá ahí, recordándonos que a pesar de todo seguiremos siendo humanos, demasiado humanos.

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Detalle del agujero en “El jardín de las delicias” de El Bosco.

[1] Galder Reguera. Heridas del ser. Revista Lápiz número 227. Madrid 2006. pg. 69

¿Hay algo bueno en la culpa?

Una de las experiencias más incómodas y frecuentes es la culpa. El origen de la culpa va indefectiblemente ligado al desarrollo de la moral, tema del que nos ocuparemos en otro post. Si no hay una moral introyectada, hecha nuestra, no hay culpa, pues no sentimos haber violado ningún precepto moral; podemos fingir la culpa, como tantas otras cosas, pero eso nada tiene que ver con experimentarla. En esto los psicópatas pueden alcanzar un auténtico grado de maestría.

A pesar de que vivenciarla puede llegar a ser realmente doloroso la culpa nos hace humanos, revela la estructura intrínsecamente moral del hombre, es la señal de que nos hemos apartado de una referencia que permite, nada menos, que la civilización. Que nos sintamos culpables cuando hemos dañado a alguien no es signo de debilidad ni de un trastorno mental sino de todo lo contrario, una expresión de salud mental y de responsabilidad.

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Hay, sin embargo, otra culpa. Una culpa neurótica que es la que se siente cuando no se obedece a un amo, llámese éste cuerpo perfecto, padre modelo, objetivos laborales, o el ideal, a fin de cuentas, de lo que nos dicen que debemos ser y que vivimos como un mandato directo que nos apela continuamente, algo así como un “debes hacer esto y no lo haces”. Esta culpa tiene muy poco que ver con la moral y mucho con la actuación de un superyó que parece gozar torturándonos (aquí puede leerse más sobre el superyó). Decía el filósofo Jean Paul Sartre que el infierno son los otros, muchas veces parece lo contrario, que el infierno somos nosotros mismos.

Esta culpa sí hay que tratarla pues no lleva ni a un mejoramiento moral ni a un encuentro con el otro sino a un castigo estéril que remite sólo a sí mismo: un castigo agotador y desasosegante cuya única virtud es que puede decirnos algo de nosotros mismos. El hombre, escribió también Sartre, está condenado a ser libre [1] y unas de las elecciones es querer, o no, saber sobre las causas de su malestar, y esa culpa de la que hablamos, la que se pega a cualquier objeto que elevamos a la categoría de amo, pero que, como decimos, es una culpa vacía y repetitiva, es una señal, un hilo de Ariadna que seguir para que enseñarnos eso que sabemos pero que no sabemos que sabemos y que se esconde en la enredadera de la culpa.

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El filósofo francés Jean Paul Sartre

[1] Jean Paul Sartre. El existencialismo es un humanismo.

Todos cansados

Cada época tiene unos cuantos rasgos que permiten captar algo de su esencia, y la nuestra ha sido definida por el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han como la sociedad del cansancio [1]Aquí pueden leer una entrevista que le realizaron en 2015. Han ha señalado otras características de nuestra sociedad como la transparencia y la agonía del eros que lo han erigido como un crítico privilegiado de la contemporaneidad. Pero vamos a hablar de la sociedad del cansancio.

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El filósofo Byung-Chul Han

 

Si nos fijamos a nuestro alrededor, y en nuestro interior, el cansancio es el sintagma de nuestro día a día. En su libro Han sitúa al ser humano como el sujeto del rendimiento y cifra en la depresión, en el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), en el síndrome de burnout y en el trastorno límite de la personalidad las consecuencias psíquicas de la auto-explotación y el exceso de la positividad, que serían las causas de la epidemia de cansancio de nuestra época. Trabajadores estresados, agotados, padres desbordados. Y como constantes la falta de tiempo y la imposibilidad de cumplir todos los requerimientos que la vida (actual) exige, la vida que tiene por meta el éxito: el trabajo, los objetivos, la casa, la smart TV, el smartphone, el cuidado del cuerpo y de la mente, las actividades extraescolares de los hijos… La sociedad del éxito ofrece poder presumir al precio de la ansiedad y el agotamiento.

Lo que quiero señalar aquí son los dos culpables que Han apunta como responsables de nuestro cansancio: la auto-explotación y el exceso de positividad. Ya no hace falta, denuncia, que nadie nos explote, que nadie nos controle, no se necesita el panóptico del que habló Foucault (aquí puede leerse sobre esto), nadie nos tiene que exigir, para eso estamos nosotros mismos, hemos conseguido unir en nuestro interior al amo y al esclavo, nos exigimos tanto que nunca vamos a llegar a la meta, nunca vamos a dar la talla y esto, claro está, nos genera malestar en forma de ansiedad, de insomnio, de tristeza o de irritabilidad.

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Y el segundo jinete del apocalipsis de esta sociedad del cansancio es la excesiva positividad: estamos en la época donde la realidad es una foto (trucada) de Instagram en la que no se puede dejar de ser feliz o, mejor dicho, dejar de aparentar ser feliz y, quien no lo es, es por que no quiere serlo, pues todos tenemos las herramientas para ser quien queramos, para serlo todo y, si no lo sabemos, para eso están los manuales de autoayuda.

Autoexplotación en forma de autoexigencia e imperativo de ser siempre positivo tiene un coste personal, los terapeutas lo sabemos, lo vemos a diario en nuestras consultas.

[1] Han, Byung-Chul (2012). La sociedad del cansancio, Herder.