Aprender a aburrirse

Hace unos días escuché a Antonio Escohotado decir que los padres no tienen que entretener a sus hijos, que ellos mismos tienen que aprender a lidiar con esa forma de la angustia vital que es el aburrimiento. Toda la vida es un esfuerzo por evitar la angustia que nos conforma, que es parte de nosotros, aquella expresión de nuestro ser de la que hablaba Heidegger. La angustia es constitutiva del ser humano, ningún otro animal se angustia. Los seres humanos nos angustiamos porque sabemos de nuestra finitud, no sólo temporal, sino ontológica. Sabemos que vamos a morir y sabemos también que no todo es posible. Que lo sepamos no significa que lo asumamos, y buena parte de nuestros sufrimientos parten de aquí.

Una manera de luchar contra la angustia es el mecanismo del deseo. Cuando el deseo está en marcha parece que todo funciona, que nuestra vida circula, que estamos motivados, con proyectos e ilusiones, parece que reina la alegría. Somos seres de deseo, sin deseo morimos, es eso lo que nos mantiene con vida, o al menos con una vida digna de ser vivida. Sin embargo, nuestra vida no siempre está gobernada por el deseo, a veces éste desaparece, como ocurre en la melancolía, y entonces nada sirve, no queremos hablar con nadie, nada nos hace disfrutar y llegamos a olvidarnos de comer, de cuidarnos, incluso podemos llegar a quitarnos la vida.

El aburrimiento es la expresión del declive del deseo, es, de alguna manera, la antesala de la melancolía. Cuando nos aburrimos ocurre que nada estimula el deseo, que nada nos alienta. El aburrimiento puede ser realmente desagradable, nos confronta con el revés de la vida, nos enseña lo finito, el límite, la muerte.

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Si hay un eslogan que resume el capitalismo actual es el de “¡goza!”, mediante el consumo o mediante experiencias, ¡goza! esconde un supuesto antídoto contra el aburrimiento, contra esa forma de malestar eminentemente humana. Es cierto que toda actividad puede poner en marcha el mecanismo del deseo, que comprar o hacer puenting pueden lograrlo, pero no es eso lo que se busca, sino el consumo desenfrenado, acéfalo, pulsional, un deseo que parece más una demanda, una obligación frente al aburrimiento. No obstante todas estas recetas para curarse del aburrimiento no hacen más que provocarlo. También la saturación, la elección continua, la necesidad de un estímulo cada vez mayor no hace más que reducir el umbral del aburrimiento. No hay nada más que pensar en un niño el día de su cumpleaños, cuando ante una auténtica avalancha de regalos, llega a aburrirse. Las recetas del capitalismo son siempre la misma: que la maquinaria del consumo no cese, aunque se lleve por delante a quien sea. El capitalismo ha entendido bien la condición humana, nos muestra lo que nos falta y nos promete colmarlo, aunque con unos efectos secundarios que pueden ser intolerables.

Por eso hay que aprender a aburrirse, utilizar ese tiempo para pararse, para pensar, para encontrar un rato de sosiego ante un mundo frenético lleno de publicidad, objetos y ruido, hay que saber poner en marcha la rueda del deseo, pero desde nosotros mismos, no intentar taponar con cosas cualquier repunte de la angustia; a fin de cuentas, no hacerse esclavo de un mecanismo que, aunque nos venda que es la solución al tedio, no hace más que provocarlo.

Siempre ansiosos, siempre preocupados: el trastorno de ansiedad generalizada

Se estima que hasta uno de cada cinco adultos padece un trastorno de ansiedad, siendo el trastorno de ansiedad generalizada uno de los más frecuentes. Este trastorno se caracteriza por una ansiedad y preocupación excesivas sobre temas como la salud propia y de la familia, el trabajo o asuntos más banales como el día a día de la casa o llegar tarde a las citas. La persona que lo sufre siente que no puede controlar estas preocupaciones aunque reconozca que son desproporcionadas. El trastorno se asocia también con problemas de sueño (no sólo dificultades para dormirse o mantener el sueño sino también que éste sea inquieto o insatisfactorio), cansancio, dificultad para concentrarse o dejar la mente en blanco, así como irritabilidad, inquietud, tensión muscular, dolor de cabeza, palpitaciones o mareos. En el caso de los niños las preocupaciones tienen que ver con el rendimiento en la escuela o en el deporte, siendo además característico que estos niños sean muy formales, perfeccionistas e inseguros, motivos por los que suelen repetir las tareas y buscar una constante aprobación por parte de los demás.
Como hemos dicho la ansiedad generalizada es muy frecuente, hasta un 9% de las personas lo va a padecer a lo largo de su vida, es más común en mujeres, en la edad media de la vida y en los países desarrollados, en esto quizá tenga que ver nuestro ritmo frenético, la búsqueda del éxito a cualquier coste o un excesivo individualismo, sobre este tema ya hablamos en otro post. La ansiedad generalizada suele iniciarse hacia los 30 años, aunque también se da en niños, siendo los 11 años la edad de presentación más frecuente en este grupo de edad. Sabemos que la intensidad de los síntomas varía a lo largo de la vida pero que éstos son más intensos en los jóvenes que en las personas mayores.

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Se han propuesto diversos factores para explicar su origen, entre ellas las adversidades en la infancia o la sobreprotección por parte de los padres así como el neuroticismo, uno de los cinco rasgos de personalidad más reconocidos y que constituyen los llamados big five.  El neuroticismo se refiere a la tendencia a experimentar emociones negativas más diversas y más intensas. Este rasgo, cuya varianza se explica entre un 40 y un 60% por variaciones genéticas, se asocia también con depresión, abuso de sustancias, desregulación emocional y también con la migraña o la enfermedad de Alzheimer. Se estima que hasta un tercio del riesgo de padecer el trastorno de ansiedad generalizada es genético y se debe, sobre todo, al riesgo de neuroticismo.
Esta excesiva preocupación y ansiedad repercute de manera significativa en las vidas de aquellas personas que la padecen, no sólo por el tiempo y la energía que consumen las preocupaciones sino también por el malestar y el deterioro que acarrean el cansancio, la falta de concentración, el déficit de sueño o la tensión muscular. Pedir ayuda a tiempo puede ahorrar mucho sufrimiento.
En cuanto al tratamiento existen dos grandes líneas, que son complementarias: la psicoterapia y el tratamiento farmacológico. Respecto a la primera, se ha utilizado con éxito la terapia cognitivo conductual y la psicodinámica, el uso de la relajación también se ha mostrado útil. En relación a la medicación habitualmente utilizamos antidepresivos y ansioliticos, solos o en combinación, con una buena respuesta en la mejoría de los síntomas.

 

Fuente:

-Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM 5)

-Munir S, Hughes J: Anxiety, Generalized Anxiety Disorder, StatPearls, 2017-2018

Intolerantes a la espera

A esperar se aprende. Los bebés lloran hasta que alguien atiende sus demandas, no soportan la espera, luego, para todo, nos queda esperar. La revolución de las comunicaciones ha hecho estragos en nuestra renuencia a esperar. Viajamos en avión, en trenes de alta velocidad, el correo es electrónico e instantáneo, cualquier opinión, cualquier fotografía que colgamos en las redes sociales pueden ser respondidas casi de inmediato, cualquier producto podemos recibirlo rápidamente en casa, las empresas compiten por reducir el período de entrega, parece que quieren conseguir que entre el deseo y la compra no medie nada, vaya que nos arrepintamos. Cuanto más fácil y rápido sea tener algo mucho mejor. A pesar de sus entusiastas esta época del nanotiempo viene, al menos, con dos efecto colaterales: la impulsividad y la intolerancia a la espera.

Por un lado, como digo, se va consolidando la impulsividad. Parece que nuestro mundo es el del mercado de valores, hay que decidir rápido, hacer caso a la intuición, dejar la burocracia del juicio mental y dejarse llevar por los impulsos. La literatura del management glorifica esta forma de actuación, como señalan Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez en “Poder y sacrificio”: hay que innovar, ser creativos, romper el esquema del mundo funcionarial. Y en ese camino vamos haciéndonos cada vez más impulsivos, se trata de gozar y además de hacerlo rápido, lo cual encaja muy bien en esta era del usar y tirar, de la obsolescencia programada.

Y el otro efecto de la velocidad de nuestro tiempo es que nos estamos haciendo intolerantes a la espera. Nos molesta que no se conteste un mensaje, por lo general anodino, que hemos mandado por teléfono, que las descargas tarden en llegar a nuestro ordenador, que no nos den un “me gusta” a una foto trucada, que, en definitiva, el tiempo se interponga entre los deseos y su materialización.

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Nuestros días son los propios para la patología límite, que es la de la impulsividad, la del malestar ante la frustración, es decir, ante la espera, la de la inestabilidad, por eso cada vez se diagnostican a más personas de trastorno límite de la personalidad. Pero también lo es de las trastornos por déficit de atención con hiperactividad, donde parece que el espíritu de nuestro tiempo se ha encarnado: inatención, rapidez, salto de un tema a otro y, de nuevo, la impulsividad.

Desear y tener inmediatamente no nos hace más felices, lo vemos a diario, sino que nos aburre, y el aburrimiento, por falta de deseo, entronca directamente con la tristeza, con la depresión, eso que para muchos es el mal de nuestra época. Y es que cuando el deseo se hace demanda empuja, exige y requiere inmediatez, ordena su satisfacción inmediata. Es el nuestro un tiempo de demanda. Frente a esa lógica cualquier llamada al sosiego, a la tranquilidad, a la espera, se interpreta como reaccionaria o anacrónica… pero, a la vez, necesitamos más calma que nunca. Poliferan los centro del bienestar donde enseñan a meditar, a relajarse, a respirar; buscamos viajes de desconexión, lugares donde el tiempo vuelva a pasar como ha pasado siempre; compramos alimentos ecológicos; glorificamos lo natural; hacemos terapias de desintoxicación del móvil, de las redes sociales… buscamos el tiempo propio de los humanos, que es un tiempo en el que son necesarios la espera y el aburrimiento, el sosiego para meditar (en el sentido occidental) sobre las decisiones y la propia vida. Lo curioso de nuestra época es que estamos dispuestos a pagar para tener ese tiempo, como si fuera un producto más.

Ser hombre hoy

“Nosotros estamos en una especie de jaula de masculinidad competitiva, violenta, dominadora. Y si te sales de ahí eres penalizado socialmente. Hay una especie de policía del género que nos controla y nos llama blandengues, calzonazos o maricas si lo hacemos”. Esto decía el escritor y jurista Octavio Salazar hace poco más de un mes en una entrevista en Eldiario.es. Y ésta es la visión de muchos hombres que no se ajustan a un modelo de masculinidad marcado por un concepto de la virilidad como fuerza, valentía, entereza, agresividad, etcétera. Esta virilidad que Chuck Palahniuk satirizó en “El club de la lucha”y que sirve de preámbulo para repasar libros sobre las nuevas masculunidades en un artículo que puede leerse aquí.

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Si una de las cuestiones del siglo XX fue preguntarse qué es ser mujer, la pregunta por el ser del hombre parece que va a ser crucial en nuestro siglo. Más allá del debate sobre el origen biológico o cultural de las identidades y los roles de género el hombre del siglo XXI parece perdido. En consulta es frecuente que atendamos a hombres que no soportan la pérdida, la impotencia, la limitación. Bien sea por la pérdida del empleo, por el cambio de vida que supone enfermedades como el infarto, por el dolor causado por años de trabajo duro, por la jubilación, la disfunción eréctil, o por las exigencias de una sociedad más igualitaria, los hombres llegan a los terapeutas como el negativo del arquetipo de lo viril. Portan la queja de la impotencia, sienten que no llegan al estatuto de hombre, a ese modelo fantasmagórico que, aunque es puro semblante les conmina como imperativo. La vida del hombre se vuelve la del actor que no puede bajar de su papel de forzudo, de protector y de arrojado. Los hombres lloran en nuestras consultas pero en sus casas se irritan, se callan, alzan la voz, discuten… más allá de la queja lo que subyace es la demanda de no poder soportar la impotencia, de no saber jugar en un tablero donde la masculinidad tiene más que una sola cara. Piensan que sólo hay una forma de ser hombre, que quienes viven de otra forma la masculinidad no son, en realidad, hombres. Sin embargo parece que los tiempos van a ir quitándoles la razón. La movilización feminista del pasado 8 de marzo parece haber sido un punto de inflexión que conmina a hombres y a mujeres a revisar los papeles que socialmente jugamos. Un primer paso, para muchos hombres, y también muchas mujeres, sería entender que todo se trata de eso, de papeles que interpretamos, que en ningún sitio está escrito que haya una sola forma de interpretar el papel de ser hombre.

En un mundo de robots, ¿dónde quedamos nosotros?

Cada vez parece más claro que la lucha de clases en el futuro se tratará de una lucha entre humanos y robots. No es ciencia ficción. La sustitución de los trabajadores por las máquinas, que se inició con la revolución industrial, parece imparable. Recientemente la empresa de seguros japonesa Fukoku Mutual Life Insurance ha sustituido a empleados administrativos por una plataforma de inteligencia artificial que posee una “tecnología cognitiva que puede pensar como un ser humano”. Pero eso no es todo, se piensa que casi la mitad de los trabajos de Japón podrán ser realizados por inteligencias artificiales en 2035, trabajos no forzosamente de baja cualificación. La amenaza de la sustitución no se ciñe únicamente a empleos industriales sino que puede afectar a trabajos para los que actualmente se requiere una alta formación. Ante este panorama se abren tres caminos, como señala el filósofo y autor del libro “Transhumanismo” Antonio Diéguez: “Según los más optimistas, las máquinas inteligentes, los robots, harán el trabajo por nosotros y sólo deberemos organizar la sociedad para repartir equitativamente la riqueza. Todos viviríamos como potentados ociosos. Según los más pesimistas, tendremos ejércitos de desempleados, mantenidos por el Estado en condiciones de mera supervivencia, e incapaces de hacer nada valioso con su vida, más allá de consumirla en una realidad virtual proporcionada por las máquinas”. Y un tercer escenario, mucho más pesimista, que ha propuesto el profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Edward Fredkin, en el que los seres humanos seríamos animales casi prescindibles que, con suerte, podríamos servir como mascotas de los robots.

Este tema, con todas sus derivadas, como la ética de los algoritmos, junto con el cambio climático y la acción humana son probablemente los más interesantes que tratan los filósofos en la actualidad. Cada época piensa en los problemas que les son propios y más acuciantes. En un post anterior ya hablamos de la inteligencia artificial y la esencia humana, en éste quiero referirme a los problemas que esta nueva realidad nos abren a los psiquiatras y psicólogos.

No sabemos cómo va a ser nuestro futuro, si tendremos una vida de patricio romano dedicándonos al cultivo del placer o si nuestro mundo se parecerá al de las películas postapocalípticas con dos clases muy diferenciadas: una casta de ricos que habrán podido aprovechar las ventajas tecnológicas, bien por herencia o porque sus trabajos no pueden ser realizados por inteligencias artificiales, y una clase de desempleados sin futuro que, como señala el profesor Diéguez, se dedique a vivir en la realidad virtual. No sé si esta pregunta se la formuló algún hombre de la prehistoria y el futuro distópico es éste en el que estamos. Veremos. Lo que me parece más interesante, para el campo de la salud mental, es la vida de los seres humanos cuando no tengamos, si es que eso llega a a ocurrir, nada que hacer. El biólogo y filósofo de la ciencia Carlos Castrodeza recoge en su libro “La darwinización del mundo” unas observaciones del etólogo Konrad Lorenz acerca de que los animales domésticos, por el proceso de la domesticación, cambian su comportamiento, dejan de estar alerta, comen y copulan a placer, pues no hay depredadores a los que temer, a esas dos funciones se reduce su universo. Cabe pensar que algo parecido nos ocurriría, de ahí que las realidades virtuales en las que se presupone que “viviríamos” estarían, muy probablemente, relacionadas con el sexo, con la satisfacción sexual inmediata. En cierto modo, Internet ya nos ha traído eso, sin la sofisticación que se supone podrán llegar a tener los entornos de realidad virtual del futuro.

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Aunque portamos el acervo genético de nuestra historia evolutiva y que éste es el soporte que nos permitió la vida en la sabana, el ser humano sigue evolucionando, incluso de una manera acelerada. Como se desprende de un estudio reciente publicado en PLOS Biology en el que los investigadores observaron que variantes genéticas vinculadas con la enfermedad de Alzheimer y el tabaquismo eran menos frecuentes en personas con una vida más larga. Si la evolución sigue funcionando podemos pensar que acabaremos adaptándonos a un nuevo mundo con una presencia muy alta de máquinas. Lo que ocurre es que la evolución ni es tan rápida ni necesariamente justa. Seguiremos funcionando con nuestros sistemas. Seguiremos angustiándonos, y si una parte importante de la población va a vivir en condiciones cercanas a la mera subsistencia el malestar psíquico está garantizado, del que tampoco pueden salvarse los privilegiados de la robotización del mundo. Sin embargo, las estrategias para enfrentarse al malestar de unos y otros sí pueden ser diferentes.

Cuando tenemos poco que hacer aparece el tedio y la necesidades de procurarse placer para combatirlo. Algo de eso estamos viendo ya, los últimos años parecen estar gobernados por el imperativo del goce a toda costa: los mensajes publicitarios van en la dirección de inducirnos al disfrute, al placer sin límite, los consejos que nos dan, y damos, parecen todos iguales, “lo que tienes que hacer es disfrutar”. La vida en común parece que se va reduciendo a una forma de obtener placer acompañados, lo que no implica, que, en muchas ocasiones, no deje de ser una forma distinta de soledad. Las redes sociales nos dan la apariencia de tener una amplia red de amigos cuando no dejan de ser una comunidad de individuos con los que no es fácil contar salvo para dar un “me gusta” o hacer retuit. Si la realidad virtual es la solución a un futuro de aburrimiento no haremos más que ahondar en el camino a la soledad. Somos animales sociales, pero nada nos garantiza que sigamos siéndolos. Eso quiero pensar, aunque, no sé, tal vez no nos estamos dando cuenta de que somos formas poco evolucionadas de robots. El tiempo lo dirá.

¿Qué hay más allá del placer?

En estos días de navidad se da la curiosa paradoja de que es el período en el que más compras se realizan y cuando más hablamos de apostar por valores menos materialistas. Tal vez no sea tan paradójico, sino que la reflexión acerca de la mercantilización se hace necesaria ante tal derroche. Estas fechas, sin duda, se hallan marcadas por el exceso: comemos de más, bebemos de más, compramos de más. Sabemos que todo lo estamos haciendo de más, que hemos pasado cierto límite del placer. Más comida no nos hace sentir mejor, ni más regalos ni más fiestas. Llegamos a enero como al final de una carrera que nos ha dejado exhaustos pero de la que parece que no nos podemos salir, como si alguna fuerza nos empujara y poco pudiéramos hacer para frenarla. Todos estos excesos, como hemos dicho, traen culpa, remordimientos, en definitiva, un extra de malestar.

Hace un siglo el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, se preguntaba por qué los seres humanos parecen no regirse sólo por el placer, por qué caemos una y otra vez en las mismas piedras, en los mismos fallos, por qué enlazamos una y otra relación que nos hace sufrir, por qué seguimos consumiendo esto o aquello que sabemos que nos dan sólo una satisfacción inmediata pero que más tarde o más temprano nos acaba dañando. Freud intuyó que no sólo nos regimos por el placer, sino que hay un más allá del principio del placer que también nos gobierna. Es el territorio de la compulsión a la repetición, del sinsentido, de la pulsión, de aquello que escapa a nuestro control, de lo que nos lamentamos pero parece que no podemos dejar de hacer, de la pura satisfacción.

Ese más allá del principio del placer es un placer paradójico que Jacques Lacan llamó jouissance para distinguirlo del plaisir y que traducimos como “goce”. Un placer que acarrea sufrimiento, un placer displacentero que es, además, lo más individual de cada uno. Cada uno goza a su manera de objetos que son particulares. Desentrañar el goce de cada uno es una de las tareas del psicoanálisis y es, precisamente, lo más original del método, la escucha de lo singular. Al psicoanálisis poco le importa la frecuencia de tal o cual síntoma sino lo que representa ese síntoma para esa persona que está tumbada en el diván. Pero el lugar del goce no es el lugar del sentido, y ésta es otra de las aportaciones del psicoanálisis, en este caso, de orientación lacaniana. La palabra (el orden simbólico) no llega al goce. El goce está por fuera, más allá, del sentido. Por eso no podemos explicarlo por la lógica de la palabra. El goce nos aleja de los demás, nos encierra en nosotros mismos. Es un mecanismo ciego basado sólo en la satisfacción no sublimada de una pulsión.

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Las culturas siempre han intentado poner freno al goce, limitar esa compulsión autística que nos es propia, pero que es pura destrucción, pura pulsión de muerte. Sin embargo, desde el psicoanálisis se advierte que estamos en un tiempo marcado por el imperativo de gozar. Los medios de comunicación, la publicidad, los contenidos de las redes sociales, parecen tener el mismo mensaje: libérate de ataduras y goza. Entrégate a tus impulsos. El mecanismo del capitalismo es precisamente el de la compulsión a la compra: la obsolescencia programada, los cambios de modelos de los mismos aparatos y un sinfín de técnicas que nos empujan a consumir sin parar, sin límite. Y en eso estamos, especialmente en Navidad. ¿De cuántas cosas que hemos devorado  nos arrepentimos ahora? ¿Realmente qué placer nos han proporcionado? ¿Ha sido un placer displacentero? Hemos sentido la maquinaria del goce en estas fechas, pero siempre anda ahí, detrás de las compras, de las relaciones sentimentales, del sexo, del trabajo que nos invade… El goce está en nosotros, por eso siempre anda ahí. Y es ese ahí al que se dirige el psicoanálisis. A esa forma peculiar de placer que nos hace sufrir tanto.

De genes, gallinas y Martin Heidegger

A lo largo de los siglos no hemos hecho otra cosa que pregunarnos por el qué somos. Los griegos vieron en la mortalidad lo que nos separaba de los dioses. Nosotros, a diferencia de ellos, éramos mortales. Aquello que nos distinguiría de los animales residiría en el alma racional: los humanos podemos razonar y los animales no. El cristianismo nos concibió como seres creados a semejanza de Dios, nombrándonos dueños de la Tierra y, por supuesto, de los animales. De hecho Dios creó primero al hombre y luego a los animales y a las plantas. Las diferencias con los animales, como decíamos en un post anterior, se fueron borrando con Darwin y sus herederos. Y, como también decíamos, sigue costándonos asumir sus consecuencias.

Una de las razones por las que no asumimos nuestra animalidad es precisamente que tendríamos que bajarnos del pedestal en el que nos puso el cristianismo: no somos los vicarios de Dios en el mundo y, lo que es tal vez más importante, no hemos sido creados, al menos ex professo, somos una casualidad evolutiva. Pero hay más, pues en términos de evolución no somos seres superiores al resto: hablar de superioridad e inferioridad desde este punto de vista, es absurdo, lo que cuenta son otras cuestiones como la supervivencia, la descendencia, la adaptación al medio. Con todo este relato, cuando menos, cuestionado, queda otra razón que puede resultar indigesta: la falta de una teleología, de un sentido último. Decimos que somos una casualidad, no somos el punto y final de la evolución, somos poco más que un suspiro en la vida de la Tierra, mucho menos que eso en la vida del universo. El filósofo de la ciencia Carlos Castrodeza afirmaba que “la razón de ser de todo ser vivo es permanecer, pero esa permanencia no tiene objeto. Se trata de permanecer por permanecer”. Permanecer por permanecer es arrancar el sentido trascendental a la consideración de nuestra existencia, incluso arrancar todo sentido. Estamos por estar, y no más que eso.

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Puestos a reduccionistas genéticos, acordémonos de la frase que recoge Ambrosio García Leal en su libro “La conjura de los machos”: “una gallina no es más que la manera que tiene un huevo de producir otro huevo”. Pero, como añade el autor, “es igualmente cierto que un huevo no es más que la manera que tiene una gallina de producir otra gallina”. Da igual que seamos el mecanismo de nuestros genes egoístas para dejar otra generación de genes o que utilicemos los gametos para producir a otro ser humano, ese momento en el que somos, que es nuestra vida, es lo que importa. Y de eso es de lo que habló el filósofo alemán Martin Heidegger.

He hecho toda esta introducción para llegar aquí. Quería escribir unas notas sobre Heidegger pero este recorrido me ha parecido más interesante, al menos para situar el marco desde el que quiero hablar. Hemos dicho que lo importante es ese lapso entre que un óvulo y un espermatozoide se juntan para formar un cigoto y la muerte. En ese ínterin, ese suspiro en tiempos cósmicos, somos. Somos “ser”, formamos parte del ser. Y el único ente que presenta el problema del ser, es decir, que se pregunta por el ser, y que, además, puede dar cuenta del ser es el ser humano, término que Heidegger cambió por el de Dasein, literalmente “el ser ahí”, pero que alude a la existencia. Por ese motivo, para hablar del ser, Heidegger estudió al ser que, como decimos, puede dar cuenta del ser. A nosotros. Lo hizo  en un proyecto que pretendía ir más allá pero que quedó interrumpido. Este proyecto es “Ser y tiempo”, que escribió en 1927 y que es, para muchos, el libro de filosofía más importante del siglo XX.  Lo que hará Heidegger en esta obra es un análisis del Dasein que llama análisis existenciario, partiendo inicialmente de la cotidianidad o término medio, como una especie de media entre las posibilidades de ser, pues no hay un solo modo de ser del hombre, sino que el hombre, el Dasein, es, sobre todo, posibilidades de ser. Por ahora lo dejamos aquí, continuaremos estas notas sobre Heidegger y su relación con biología, la psicología, la psiquiatría, el psicoanálisis, etc.) en próximos posts.

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Bibliografía:

  1. Vattimo, Gianni. Introducción a Heidegger. Barcelona: Gedisa; 2006.
  2. Castrodeza, Carlos. La darwinización del mundo. Barcelona: Herder; 2009.
  3. García Lea, Ambrosio. La conjura de los machos. Barcelona: Tusquets; 2005.
  4. Alemán, Jorge; Larriera, Sergio. Exsistencia y sujeto. Málaga: Miguel Gómez Ediciones; 2006.