¿Somos responsables de lo que deseamos? La lógica del deseo (II)

El deseo es el deseo del Otro. Lo dijo Hegel pero quien lo usó más ampliamente fue Lacan. Alexandre Kojève, de quien precisamente Lacan aprendió la filosofía hegeliana, interpretó esa máxima como la búsqueda por el reconocimiento del Otro. En eso parece que nos empeñamos toda la vida, en ser algo en el deseo del Otro, la estrategia clásica para conseguirlo es la seducción. Pero esa frase abre otros caminos que han dilucidado bien José María Álvarez, Fernando Colina y Ramón Esteban en el prefacio del libro “La histeria antes de Freud”, así, además de esta faceta, señalan otras cuatro posibles acepciones:

  • El deseo es el deseo del Otro, en el sentido de que se desea algo más, de que el deseo, por definición, es siempre deseo de algo más que venga a sustituir lo que ya se ha alcanzado y que ya no se desea.
  • El deseo es el deseo del Otro, de lo diferente. Lo dijimos en un post anterior, se desea siempre más y lo que se desea es lo que no se tiene ni se es, pues el deseo es siempre una falta, sólo se puede desear lo Otro, lo diferente.
  • El deseo es el deseo del Otro, es decir, mi deseo no me es propio sino que deseo lo que el Otro desea, pues, señalan los autores, “en el deseo siempre hay una rivalidad recóndita que nace del seno familiar. Desde niños queremos antes el juguete del hermano que el propio, simplemente por lo que quiere el Otro lo recubrimos de todas las excelencias”, lo idealizamos, y una vez que lo tenemos, deja de tener valor, deja de ser deseable.
  • El deseo es el deseo del Otro, en el sentido de que es alguien quien desea por nosotros. Así, nuestro deseo no nos es propio, nos vendría impuesto por vías más o menos explícitas. La familia, la sociedad nos empujan a un determinado deseo, modulando, limitando o rechazando el propio deseo.

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Me gustaría detenerme más en este último punto. Los psiquiatras, los psicólogos y los psiconalistas estamos acostumbrados a que una de las demandas más frecuentes en la consulta sea que no hacemos lo que queremos, que no vivamos con quien queremos, que no trabajemos en lo que queremos… en suma, que vivamos una vida que parece haber sido diseñada por otra persona. Sentimos que no deseamos por nosotros mismos, que vivimos alienados. Ésa es la tragedia del neurótico. Lo que ocurre es que es difícil determinar la autoría de nuestro deseo, porque ya antes de nacer somos algo en el deseo del Otro, primeramente de nuestros padres, que parece que han diseñado ya nuestra vida cuando aún sólo somos un proyecto, de la sociedad, que favorece unos deseos sobre otros, de nuestros genes, que influyen en nuestros comportamientos y decisiones, del momento histórico, de nuestra cultura particular, del vaivén propio del deseo, que nunca está conforme. Precisamente si nos quejamos de que no hacemos nuestra vida es por que el deseo está en marcha. Para que funcione el deseo debe haber algún grado de insatisfacción. Esto lo saben bien aquellas personas que poseen una estructura histérica, auténticos maestros y maestras del deseo, que parecen vivir para la insatisfacción. Sólo así, no dejando que el deseo se sacie, se sigue deseando.

Aunque el deseo sea el deseo del Otro seguimos siendo dueños de nuestra vida. Acoplar nuestro deseo a deseos ajenos no nos exime de nuestra responsabilidad. Desear por el Otro es, muchas veces, una manera fácil de vivir, otras veces ese deseo lo sentimos impuesto y entonces deja de ser deseo para convertirse en otra cosa, en un amo a quien servir. Hay personas que nos llegan a la consulta apegadas a reglas, a dietas, a modelos, a ideales de los que son auténticos siervos. En ocasiones parece ser inducido por alguien y en otras haber sido buscado por la propia persona, como si necesitara limitar o sacrificar su deseo. En el siglo XVII un joven filósofo, Étienne de la Boétie, se preguntó cómo era posible que los hombres obedecieran a los tiranos, cuando éstos no dejaban de ser poca cosa, sólo un hombre. A esta paradoja la llamó la servidumbre voluntaria. De la Boetie quizá no sabía que acababa de describir un rasgo esencial de la condición humana, la dimensión alienante del deseo, fuente de malestar y, en no pocas veces, también de goce.

¿Por qué nunca estamos satisfechos? La lógica del deseo (I)

El deseo es siempre deseo de otra cosa. Sólo se desea lo que no se tiene, lo que no se es. Es casi una tautología. El deseo apenas se detiene en la conquista, ésta rápidamente se oxida, se desvanece, se hace vieja, estrictamente hablando se convierte en indeseable, por la propia lógica del deseo. De este modo el deseo sólo puede estar en movimiento, no puede detenerse nunca. Si lo hiciera, si el deseo se parara dejaría de serlo, que es lo que ocurre en la melancolía, cuando, más que la tristeza, lo que predomina es la incapacidad de desear, de poner en marcha la rueda que nos mantiene vivos. Pues estar vivos, para los seres humanos, es ser capaz de desear, de aspirar a otra cosa, da igual que sea hacia el futuro o hacia el pasado, el mecanismo del deseo impide permanecer en el lugar, hace funcionar, a fin de cuentas, la esperanza.

Que el deseo es deseo de otra cosa se sabe desde el nacimiento, cuando el bebé pide alimentarse no es sólo eso lo que demanda, no quiere sólo satisfacer una necesidad sino que además hay una demanda de amor, de presencia, una demanda que siempre será incompleta, pues ni siquiera nosotros sabemos lo que queremos. Y en esa incompletitud, en esa falta, es donde reside precisamente el deseo. Si no hay falta no hay deseo. Y esa falta no se puede nunca cubrir. Creemos que lo hacemos, y ahí situamos miles de objetos, pero ninguno de ellos es el Objeto. El psicoanalista francés Jacques Lacan lo decía, ese objeto, que él llamó objeto a, no está en este mundo, pero creemos estar siempre encontrándolo, en los objetos materiales, en los trabajos, en las parejas. El deseo sigue la lógica del desear, es una lógica acéfala, podríamos decir, aunque ese calificativo esté reservado a la pulsión. En ese desear (o estar deseando) vamos hallando objetos que van haciendo nuestra vida digna de ser vivida, aunque ninguno sea ese objeto que todo lo colma. Afortunadamente. Si lo hiciera nuestra vida quedaría petrificada, no aspiraríamos a nada más, no querríamos nada más, sería un anticipo de la muerte.

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Viñeta de Tute

Si alguien sabe de la dialéctica del deseo es el capitalismo. La rueda del deseo nunca ha circulado más rápido que en nuestra época. En la era del consumo rápido el deseo también adquiere velocidad, se acelera, los lapsos de tiempo entre un objeto de deseo y otro se hacen infinitesimales, por eso los medios de pago se están haciendo casi instantáneos, para que no haya tiempo de pensar, de colocar algún dique de contención al consumismo. No se tolera la espera, como decíamos en un post previo y como han señalado varios autores como Andrea Kölhler, Judy Wajcman o Luciano Concheiro. En la época del turbocapitalismo lo que hace falta es precisamente recuperar el tiempo, hacer emerger de nuevo la espera, el tiempo lógico de los humanos, el del placer. El tiempo preciso para no convertir el deseo en una noria desbocada, desparramada en las formas del malestar contemporáneo: en la hiperactividad, el burnout, la depresión, la impulsividad, la angustia ante la falta de tiempo o, como señala Slavoj Zizek, en la queja cada vez más habitual en las consultas de los psicoanalistas, no ser capaz de sentir un placer suficiente. Acelerar la rueda del deseo a los niveles actuales no nos hace más felices sino que ahonda precisamente el agujero de nuestro ser.

 

Aprender a aburrirse

Hace unos días escuché a Antonio Escohotado decir que los padres no tienen que entretener a sus hijos, que ellos mismos tienen que aprender a lidiar con esa forma de la angustia vital que es el aburrimiento. Toda la vida es un esfuerzo por evitar la angustia que nos conforma, que es parte de nosotros, aquella expresión de nuestro ser de la que hablaba Heidegger. La angustia es constitutiva del ser humano, ningún otro animal se angustia. Los seres humanos nos angustiamos porque sabemos de nuestra finitud, no sólo temporal, sino ontológica. Sabemos que vamos a morir y sabemos también que no todo es posible. Que lo sepamos no significa que lo asumamos, y buena parte de nuestros sufrimientos parten de aquí.

Una manera de luchar contra la angustia es el mecanismo del deseo. Cuando el deseo está en marcha parece que todo funciona, que nuestra vida circula, que estamos motivados, con proyectos e ilusiones, parece que reina la alegría. Somos seres de deseo, sin deseo morimos, es eso lo que nos mantiene con vida, o al menos con una vida digna de ser vivida. Sin embargo, nuestra vida no siempre está gobernada por el deseo, a veces éste desaparece, como ocurre en la melancolía, y entonces nada sirve, no queremos hablar con nadie, nada nos hace disfrutar y llegamos a olvidarnos de comer, de cuidarnos, incluso podemos llegar a quitarnos la vida.

El aburrimiento es la expresión del declive del deseo, es, de alguna manera, la antesala de la melancolía. Cuando nos aburrimos ocurre que nada estimula el deseo, que nada nos alienta. El aburrimiento puede ser realmente desagradable, nos confronta con el revés de la vida, nos enseña lo finito, el límite, la muerte.

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Si hay un eslogan que resume el capitalismo actual es el de “¡goza!”, mediante el consumo o mediante experiencias, ¡goza! esconde un supuesto antídoto contra el aburrimiento, contra esa forma de malestar eminentemente humana. Es cierto que toda actividad puede poner en marcha el mecanismo del deseo, que comprar o hacer puenting pueden lograrlo, pero no es eso lo que se busca, sino el consumo desenfrenado, acéfalo, pulsional, un deseo que parece más una demanda, una obligación frente al aburrimiento. No obstante todas estas recetas para curarse del aburrimiento no hacen más que provocarlo. También la saturación, la elección continua, la necesidad de un estímulo cada vez mayor no hace más que reducir el umbral del aburrimiento. No hay nada más que pensar en un niño el día de su cumpleaños, cuando ante una auténtica avalancha de regalos, llega a aburrirse. Las recetas del capitalismo son siempre la misma: que la maquinaria del consumo no cese, aunque se lleve por delante a quien sea. El capitalismo ha entendido bien la condición humana, nos muestra lo que nos falta y nos promete colmarlo, aunque con unos efectos secundarios que pueden ser intolerables.

Por eso hay que aprender a aburrirse, utilizar ese tiempo para pararse, para pensar, para encontrar un rato de sosiego ante un mundo frenético lleno de publicidad, objetos y ruido, hay que saber poner en marcha la rueda del deseo, pero desde nosotros mismos, no intentar taponar con cosas cualquier repunte de la angustia; a fin de cuentas, no hacerse esclavo de un mecanismo que, aunque nos venda que es la solución al tedio, no hace más que provocarlo.

Siempre ansiosos, siempre preocupados: el trastorno de ansiedad generalizada

Se estima que hasta uno de cada cinco adultos padece un trastorno de ansiedad, siendo el trastorno de ansiedad generalizada uno de los más frecuentes. Este trastorno se caracteriza por una ansiedad y preocupación excesivas sobre temas como la salud propia y de la familia, el trabajo o asuntos más banales como el día a día de la casa o llegar tarde a las citas. La persona que lo sufre siente que no puede controlar estas preocupaciones aunque reconozca que son desproporcionadas. El trastorno se asocia también con problemas de sueño (no sólo dificultades para dormirse o mantener el sueño sino también que éste sea inquieto o insatisfactorio), cansancio, dificultad para concentrarse o dejar la mente en blanco, así como irritabilidad, inquietud, tensión muscular, dolor de cabeza, palpitaciones o mareos. En el caso de los niños las preocupaciones tienen que ver con el rendimiento en la escuela o en el deporte, siendo además característico que estos niños sean muy formales, perfeccionistas e inseguros, motivos por los que suelen repetir las tareas y buscar una constante aprobación por parte de los demás.
Como hemos dicho la ansiedad generalizada es muy frecuente, hasta un 9% de las personas lo va a padecer a lo largo de su vida, es más común en mujeres, en la edad media de la vida y en los países desarrollados, en esto quizá tenga que ver nuestro ritmo frenético, la búsqueda del éxito a cualquier coste o un excesivo individualismo, sobre este tema ya hablamos en otro post. La ansiedad generalizada suele iniciarse hacia los 30 años, aunque también se da en niños, siendo los 11 años la edad de presentación más frecuente en este grupo de edad. Sabemos que la intensidad de los síntomas varía a lo largo de la vida pero que éstos son más intensos en los jóvenes que en las personas mayores.

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Se han propuesto diversos factores para explicar su origen, entre ellas las adversidades en la infancia o la sobreprotección por parte de los padres así como el neuroticismo, uno de los cinco rasgos de personalidad más reconocidos y que constituyen los llamados big five.  El neuroticismo se refiere a la tendencia a experimentar emociones negativas más diversas y más intensas. Este rasgo, cuya varianza se explica entre un 40 y un 60% por variaciones genéticas, se asocia también con depresión, abuso de sustancias, desregulación emocional y también con la migraña o la enfermedad de Alzheimer. Se estima que hasta un tercio del riesgo de padecer el trastorno de ansiedad generalizada es genético y se debe, sobre todo, al riesgo de neuroticismo.
Esta excesiva preocupación y ansiedad repercute de manera significativa en las vidas de aquellas personas que la padecen, no sólo por el tiempo y la energía que consumen las preocupaciones sino también por el malestar y el deterioro que acarrean el cansancio, la falta de concentración, el déficit de sueño o la tensión muscular. Pedir ayuda a tiempo puede ahorrar mucho sufrimiento.
En cuanto al tratamiento existen dos grandes líneas, que son complementarias: la psicoterapia y el tratamiento farmacológico. Respecto a la primera, se ha utilizado con éxito la terapia cognitivo conductual y la psicodinámica, el uso de la relajación también se ha mostrado útil. En relación a la medicación habitualmente utilizamos antidepresivos y ansioliticos, solos o en combinación, con una buena respuesta en la mejoría de los síntomas.

 

Fuente:

-Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM 5)

-Munir S, Hughes J: Anxiety, Generalized Anxiety Disorder, StatPearls, 2017-2018

Intolerantes a la espera

A esperar se aprende. Los bebés lloran hasta que alguien atiende sus demandas, no soportan la espera, luego, para todo, nos queda esperar. La revolución de las comunicaciones ha hecho estragos en nuestra renuencia a esperar. Viajamos en avión, en trenes de alta velocidad, el correo es electrónico e instantáneo, cualquier opinión, cualquier fotografía que colgamos en las redes sociales pueden ser respondidas casi de inmediato, cualquier producto podemos recibirlo rápidamente en casa, las empresas compiten por reducir el período de entrega, parece que quieren conseguir que entre el deseo y la compra no medie nada, vaya que nos arrepintamos. Cuanto más fácil y rápido sea tener algo mucho mejor. A pesar de sus entusiastas esta época del nanotiempo viene, al menos, con dos efecto colaterales: la impulsividad y la intolerancia a la espera.

Por un lado, como digo, se va consolidando la impulsividad. Parece que nuestro mundo es el del mercado de valores, hay que decidir rápido, hacer caso a la intuición, dejar la burocracia del juicio mental y dejarse llevar por los impulsos. La literatura del management glorifica esta forma de actuación, como señalan Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez en “Poder y sacrificio”: hay que innovar, ser creativos, romper el esquema del mundo funcionarial. Y en ese camino vamos haciéndonos cada vez más impulsivos, se trata de gozar y además de hacerlo rápido, lo cual encaja muy bien en esta era del usar y tirar, de la obsolescencia programada.

Y el otro efecto de la velocidad de nuestro tiempo es que nos estamos haciendo intolerantes a la espera. Nos molesta que no se conteste un mensaje, por lo general anodino, que hemos mandado por teléfono, que las descargas tarden en llegar a nuestro ordenador, que no nos den un “me gusta” a una foto trucada, que, en definitiva, el tiempo se interponga entre los deseos y su materialización.

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Nuestros días son los propios para la patología límite, que es la de la impulsividad, la del malestar ante la frustración, es decir, ante la espera, la de la inestabilidad, por eso cada vez se diagnostican a más personas de trastorno límite de la personalidad. Pero también lo es de las trastornos por déficit de atención con hiperactividad, donde parece que el espíritu de nuestro tiempo se ha encarnado: inatención, rapidez, salto de un tema a otro y, de nuevo, la impulsividad.

Desear y tener inmediatamente no nos hace más felices, lo vemos a diario, sino que nos aburre, y el aburrimiento, por falta de deseo, entronca directamente con la tristeza, con la depresión, eso que para muchos es el mal de nuestra época. Y es que cuando el deseo se hace demanda empuja, exige y requiere inmediatez, ordena su satisfacción inmediata. Es el nuestro un tiempo de demanda. Frente a esa lógica cualquier llamada al sosiego, a la tranquilidad, a la espera, se interpreta como reaccionaria o anacrónica… pero, a la vez, necesitamos más calma que nunca. Poliferan los centro del bienestar donde enseñan a meditar, a relajarse, a respirar; buscamos viajes de desconexión, lugares donde el tiempo vuelva a pasar como ha pasado siempre; compramos alimentos ecológicos; glorificamos lo natural; hacemos terapias de desintoxicación del móvil, de las redes sociales… buscamos el tiempo propio de los humanos, que es un tiempo en el que son necesarios la espera y el aburrimiento, el sosiego para meditar (en el sentido occidental) sobre las decisiones y la propia vida. Lo curioso de nuestra época es que estamos dispuestos a pagar para tener ese tiempo, como si fuera un producto más.

Ser hombre hoy

“Nosotros estamos en una especie de jaula de masculinidad competitiva, violenta, dominadora. Y si te sales de ahí eres penalizado socialmente. Hay una especie de policía del género que nos controla y nos llama blandengues, calzonazos o maricas si lo hacemos”. Esto decía el escritor y jurista Octavio Salazar hace poco más de un mes en una entrevista en Eldiario.es. Y ésta es la visión de muchos hombres que no se ajustan a un modelo de masculinidad marcado por un concepto de la virilidad como fuerza, valentía, entereza, agresividad, etcétera. Esta virilidad que Chuck Palahniuk satirizó en “El club de la lucha”y que sirve de preámbulo para repasar libros sobre las nuevas masculunidades en un artículo que puede leerse aquí.

hombre perdido

Si una de las cuestiones del siglo XX fue preguntarse qué es ser mujer, la pregunta por el ser del hombre parece que va a ser crucial en nuestro siglo. Más allá del debate sobre el origen biológico o cultural de las identidades y los roles de género el hombre del siglo XXI parece perdido. En consulta es frecuente que atendamos a hombres que no soportan la pérdida, la impotencia, la limitación. Bien sea por la pérdida del empleo, por el cambio de vida que supone enfermedades como el infarto, por el dolor causado por años de trabajo duro, por la jubilación, la disfunción eréctil, o por las exigencias de una sociedad más igualitaria, los hombres llegan a los terapeutas como el negativo del arquetipo de lo viril. Portan la queja de la impotencia, sienten que no llegan al estatuto de hombre, a ese modelo fantasmagórico que, aunque es puro semblante les conmina como imperativo. La vida del hombre se vuelve la del actor que no puede bajar de su papel de forzudo, de protector y de arrojado. Los hombres lloran en nuestras consultas pero en sus casas se irritan, se callan, alzan la voz, discuten… más allá de la queja lo que subyace es la demanda de no poder soportar la impotencia, de no saber jugar en un tablero donde la masculinidad tiene más que una sola cara. Piensan que sólo hay una forma de ser hombre, que quienes viven de otra forma la masculinidad no son, en realidad, hombres. Sin embargo parece que los tiempos van a ir quitándoles la razón. La movilización feminista del pasado 8 de marzo parece haber sido un punto de inflexión que conmina a hombres y a mujeres a revisar los papeles que socialmente jugamos. Un primer paso, para muchos hombres, y también muchas mujeres, sería entender que todo se trata de eso, de papeles que interpretamos, que en ningún sitio está escrito que haya una sola forma de interpretar el papel de ser hombre.

En un mundo de robots, ¿dónde quedamos nosotros?

Cada vez parece más claro que la lucha de clases en el futuro se tratará de una lucha entre humanos y robots. No es ciencia ficción. La sustitución de los trabajadores por las máquinas, que se inició con la revolución industrial, parece imparable. Recientemente la empresa de seguros japonesa Fukoku Mutual Life Insurance ha sustituido a empleados administrativos por una plataforma de inteligencia artificial que posee una “tecnología cognitiva que puede pensar como un ser humano”. Pero eso no es todo, se piensa que casi la mitad de los trabajos de Japón podrán ser realizados por inteligencias artificiales en 2035, trabajos no forzosamente de baja cualificación. La amenaza de la sustitución no se ciñe únicamente a empleos industriales sino que puede afectar a trabajos para los que actualmente se requiere una alta formación. Ante este panorama se abren tres caminos, como señala el filósofo y autor del libro “Transhumanismo” Antonio Diéguez: “Según los más optimistas, las máquinas inteligentes, los robots, harán el trabajo por nosotros y sólo deberemos organizar la sociedad para repartir equitativamente la riqueza. Todos viviríamos como potentados ociosos. Según los más pesimistas, tendremos ejércitos de desempleados, mantenidos por el Estado en condiciones de mera supervivencia, e incapaces de hacer nada valioso con su vida, más allá de consumirla en una realidad virtual proporcionada por las máquinas”. Y un tercer escenario, mucho más pesimista, que ha propuesto el profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Edward Fredkin, en el que los seres humanos seríamos animales casi prescindibles que, con suerte, podríamos servir como mascotas de los robots.

Este tema, con todas sus derivadas, como la ética de los algoritmos, junto con el cambio climático y la acción humana son probablemente los más interesantes que tratan los filósofos en la actualidad. Cada época piensa en los problemas que les son propios y más acuciantes. En un post anterior ya hablamos de la inteligencia artificial y la esencia humana, en éste quiero referirme a los problemas que esta nueva realidad nos abren a los psiquiatras y psicólogos.

No sabemos cómo va a ser nuestro futuro, si tendremos una vida de patricio romano dedicándonos al cultivo del placer o si nuestro mundo se parecerá al de las películas postapocalípticas con dos clases muy diferenciadas: una casta de ricos que habrán podido aprovechar las ventajas tecnológicas, bien por herencia o porque sus trabajos no pueden ser realizados por inteligencias artificiales, y una clase de desempleados sin futuro que, como señala el profesor Diéguez, se dedique a vivir en la realidad virtual. No sé si esta pregunta se la formuló algún hombre de la prehistoria y el futuro distópico es éste en el que estamos. Veremos. Lo que me parece más interesante, para el campo de la salud mental, es la vida de los seres humanos cuando no tengamos, si es que eso llega a a ocurrir, nada que hacer. El biólogo y filósofo de la ciencia Carlos Castrodeza recoge en su libro “La darwinización del mundo” unas observaciones del etólogo Konrad Lorenz acerca de que los animales domésticos, por el proceso de la domesticación, cambian su comportamiento, dejan de estar alerta, comen y copulan a placer, pues no hay depredadores a los que temer, a esas dos funciones se reduce su universo. Cabe pensar que algo parecido nos ocurriría, de ahí que las realidades virtuales en las que se presupone que “viviríamos” estarían, muy probablemente, relacionadas con el sexo, con la satisfacción sexual inmediata. En cierto modo, Internet ya nos ha traído eso, sin la sofisticación que se supone podrán llegar a tener los entornos de realidad virtual del futuro.

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Aunque portamos el acervo genético de nuestra historia evolutiva y que éste es el soporte que nos permitió la vida en la sabana, el ser humano sigue evolucionando, incluso de una manera acelerada. Como se desprende de un estudio reciente publicado en PLOS Biology en el que los investigadores observaron que variantes genéticas vinculadas con la enfermedad de Alzheimer y el tabaquismo eran menos frecuentes en personas con una vida más larga. Si la evolución sigue funcionando podemos pensar que acabaremos adaptándonos a un nuevo mundo con una presencia muy alta de máquinas. Lo que ocurre es que la evolución ni es tan rápida ni necesariamente justa. Seguiremos funcionando con nuestros sistemas. Seguiremos angustiándonos, y si una parte importante de la población va a vivir en condiciones cercanas a la mera subsistencia el malestar psíquico está garantizado, del que tampoco pueden salvarse los privilegiados de la robotización del mundo. Sin embargo, las estrategias para enfrentarse al malestar de unos y otros sí pueden ser diferentes.

Cuando tenemos poco que hacer aparece el tedio y la necesidades de procurarse placer para combatirlo. Algo de eso estamos viendo ya, los últimos años parecen estar gobernados por el imperativo del goce a toda costa: los mensajes publicitarios van en la dirección de inducirnos al disfrute, al placer sin límite, los consejos que nos dan, y damos, parecen todos iguales, “lo que tienes que hacer es disfrutar”. La vida en común parece que se va reduciendo a una forma de obtener placer acompañados, lo que no implica, que, en muchas ocasiones, no deje de ser una forma distinta de soledad. Las redes sociales nos dan la apariencia de tener una amplia red de amigos cuando no dejan de ser una comunidad de individuos con los que no es fácil contar salvo para dar un “me gusta” o hacer retuit. Si la realidad virtual es la solución a un futuro de aburrimiento no haremos más que ahondar en el camino a la soledad. Somos animales sociales, pero nada nos garantiza que sigamos siéndolos. Eso quiero pensar, aunque, no sé, tal vez no nos estamos dando cuenta de que somos formas poco evolucionadas de robots. El tiempo lo dirá.