¿Somos responsables de lo que deseamos? La lógica del deseo (II)

El deseo es el deseo del Otro. Lo dijo Hegel pero quien lo usó más ampliamente fue Lacan. Alexandre Kojève, de quien precisamente Lacan aprendió la filosofía hegeliana, interpretó esa máxima como la búsqueda por el reconocimiento del Otro. En eso parece que nos empeñamos toda la vida, en ser algo en el deseo del Otro, la estrategia clásica para conseguirlo es la seducción. Pero esa frase abre otros caminos que han dilucidado bien José María Álvarez, Fernando Colina y Ramón Esteban en el prefacio del libro “La histeria antes de Freud”, así, además de esta faceta, señalan otras cuatro posibles acepciones:

  • El deseo es el deseo del Otro, en el sentido de que se desea algo más, de que el deseo, por definición, es siempre deseo de algo más que venga a sustituir lo que ya se ha alcanzado y que ya no se desea.
  • El deseo es el deseo del Otro, de lo diferente. Lo dijimos en un post anterior, se desea siempre más y lo que se desea es lo que no se tiene ni se es, pues el deseo es siempre una falta, sólo se puede desear lo Otro, lo diferente.
  • El deseo es el deseo del Otro, es decir, mi deseo no me es propio sino que deseo lo que el Otro desea, pues, señalan los autores, “en el deseo siempre hay una rivalidad recóndita que nace del seno familiar. Desde niños queremos antes el juguete del hermano que el propio, simplemente por lo que quiere el Otro lo recubrimos de todas las excelencias”, lo idealizamos, y una vez que lo tenemos, deja de tener valor, deja de ser deseable.
  • El deseo es el deseo del Otro, en el sentido de que es alguien quien desea por nosotros. Así, nuestro deseo no nos es propio, nos vendría impuesto por vías más o menos explícitas. La familia, la sociedad nos empujan a un determinado deseo, modulando, limitando o rechazando el propio deseo.

deseo del otro

Me gustaría detenerme más en este último punto. Los psiquiatras, los psicólogos y los psiconalistas estamos acostumbrados a que una de las demandas más frecuentes en la consulta sea que no hacemos lo que queremos, que no vivamos con quien queremos, que no trabajemos en lo que queremos… en suma, que vivamos una vida que parece haber sido diseñada por otra persona. Sentimos que no deseamos por nosotros mismos, que vivimos alienados. Ésa es la tragedia del neurótico. Lo que ocurre es que es difícil determinar la autoría de nuestro deseo, porque ya antes de nacer somos algo en el deseo del Otro, primeramente de nuestros padres, que parece que han diseñado ya nuestra vida cuando aún sólo somos un proyecto, de la sociedad, que favorece unos deseos sobre otros, de nuestros genes, que influyen en nuestros comportamientos y decisiones, del momento histórico, de nuestra cultura particular, del vaivén propio del deseo, que nunca está conforme. Precisamente si nos quejamos de que no hacemos nuestra vida es por que el deseo está en marcha. Para que funcione el deseo debe haber algún grado de insatisfacción. Esto lo saben bien aquellas personas que poseen una estructura histérica, auténticos maestros y maestras del deseo, que parecen vivir para la insatisfacción. Sólo así, no dejando que el deseo se sacie, se sigue deseando.

Aunque el deseo sea el deseo del Otro seguimos siendo dueños de nuestra vida. Acoplar nuestro deseo a deseos ajenos no nos exime de nuestra responsabilidad. Desear por el Otro es, muchas veces, una manera fácil de vivir, otras veces ese deseo lo sentimos impuesto y entonces deja de ser deseo para convertirse en otra cosa, en un amo a quien servir. Hay personas que nos llegan a la consulta apegadas a reglas, a dietas, a modelos, a ideales de los que son auténticos siervos. En ocasiones parece ser inducido por alguien y en otras haber sido buscado por la propia persona, como si necesitara limitar o sacrificar su deseo. En el siglo XVII un joven filósofo, Étienne de la Boétie, se preguntó cómo era posible que los hombres obedecieran a los tiranos, cuando éstos no dejaban de ser poca cosa, sólo un hombre. A esta paradoja la llamó la servidumbre voluntaria. De la Boetie quizá no sabía que acababa de describir un rasgo esencial de la condición humana, la dimensión alienante del deseo, fuente de malestar y, en no pocas veces, también de goce.

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