¿Por qué nunca estamos satisfechos? La lógica del deseo (I)

El deseo es siempre deseo de otra cosa. Sólo se desea lo que no se tiene, lo que no se es. Es casi una tautología. El deseo apenas se detiene en la conquista, ésta rápidamente se oxida, se desvanece, se hace vieja, estrictamente hablando se convierte en indeseable, por la propia lógica del deseo. De este modo el deseo sólo puede estar en movimiento, no puede detenerse nunca. Si lo hiciera, si el deseo se parara dejaría de serlo, que es lo que ocurre en la melancolía, cuando, más que la tristeza, lo que predomina es la incapacidad de desear, de poner en marcha la rueda que nos mantiene vivos. Pues estar vivos, para los seres humanos, es ser capaz de desear, de aspirar a otra cosa, da igual que sea hacia el futuro o hacia el pasado, el mecanismo del deseo impide permanecer en el lugar, hace funcionar, a fin de cuentas, la esperanza.

Que el deseo es deseo de otra cosa se sabe desde el nacimiento, cuando el bebé pide alimentarse no es sólo eso lo que demanda, no quiere sólo satisfacer una necesidad sino que además hay una demanda de amor, de presencia, una demanda que siempre será incompleta, pues ni siquiera nosotros sabemos lo que queremos. Y en esa incompletitud, en esa falta, es donde reside precisamente el deseo. Si no hay falta no hay deseo. Y esa falta no se puede nunca cubrir. Creemos que lo hacemos, y ahí situamos miles de objetos, pero ninguno de ellos es el Objeto. El psicoanalista francés Jacques Lacan lo decía, ese objeto, que él llamó objeto a, no está en este mundo, pero creemos estar siempre encontrándolo, en los objetos materiales, en los trabajos, en las parejas. El deseo sigue la lógica del desear, es una lógica acéfala, podríamos decir, aunque ese calificativo esté reservado a la pulsión. En ese desear (o estar deseando) vamos hallando objetos que van haciendo nuestra vida digna de ser vivida, aunque ninguno sea ese objeto que todo lo colma. Afortunadamente. Si lo hiciera nuestra vida quedaría petrificada, no aspiraríamos a nada más, no querríamos nada más, sería un anticipo de la muerte.

tute
Viñeta de Tute

Si alguien sabe de la dialéctica del deseo es el capitalismo. La rueda del deseo nunca ha circulado más rápido que en nuestra época. En la era del consumo rápido el deseo también adquiere velocidad, se acelera, los lapsos de tiempo entre un objeto de deseo y otro se hacen infinitesimales, por eso los medios de pago se están haciendo casi instantáneos, para que no haya tiempo de pensar, de colocar algún dique de contención al consumismo. No se tolera la espera, como decíamos en un post previo y como han señalado varios autores como Andrea Kölhler, Judy Wajcman o Luciano Concheiro. En la época del turbocapitalismo lo que hace falta es precisamente recuperar el tiempo, hacer emerger de nuevo la espera, el tiempo lógico de los humanos, el del placer. El tiempo preciso para no convertir el deseo en una noria desbocada, desparramada en las formas del malestar contemporáneo: en la hiperactividad, el burnout, la depresión, la impulsividad, la angustia ante la falta de tiempo o, como señala Slavoj Zizek, en la queja cada vez más habitual en las consultas de los psicoanalistas, no ser capaz de sentir un placer suficiente. Acelerar la rueda del deseo a los niveles actuales no nos hace más felices sino que ahonda precisamente el agujero de nuestro ser.

 

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