Aprender a aburrirse

Hace unos días escuché a Antonio Escohotado decir que los padres no tienen que entretener a sus hijos, que ellos mismos tienen que aprender a lidiar con esa forma de la angustia vital que es el aburrimiento. Toda la vida es un esfuerzo por evitar la angustia que nos conforma, que es parte de nosotros, aquella expresión de nuestro ser de la que hablaba Heidegger. La angustia es constitutiva del ser humano, ningún otro animal se angustia. Los seres humanos nos angustiamos porque sabemos de nuestra finitud, no sólo temporal, sino ontológica. Sabemos que vamos a morir y sabemos también que no todo es posible. Que lo sepamos no significa que lo asumamos, y buena parte de nuestros sufrimientos parten de aquí.

Una manera de luchar contra la angustia es el mecanismo del deseo. Cuando el deseo está en marcha parece que todo funciona, que nuestra vida circula, que estamos motivados, con proyectos e ilusiones, parece que reina la alegría. Somos seres de deseo, sin deseo morimos, es eso lo que nos mantiene con vida, o al menos con una vida digna de ser vivida. Sin embargo, nuestra vida no siempre está gobernada por el deseo, a veces éste desaparece, como ocurre en la melancolía, y entonces nada sirve, no queremos hablar con nadie, nada nos hace disfrutar y llegamos a olvidarnos de comer, de cuidarnos, incluso podemos llegar a quitarnos la vida.

El aburrimiento es la expresión del declive del deseo, es, de alguna manera, la antesala de la melancolía. Cuando nos aburrimos ocurre que nada estimula el deseo, que nada nos alienta. El aburrimiento puede ser realmente desagradable, nos confronta con el revés de la vida, nos enseña lo finito, el límite, la muerte.

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Si hay un eslogan que resume el capitalismo actual es el de “¡goza!”, mediante el consumo o mediante experiencias, ¡goza! esconde un supuesto antídoto contra el aburrimiento, contra esa forma de malestar eminentemente humana. Es cierto que toda actividad puede poner en marcha el mecanismo del deseo, que comprar o hacer puenting pueden lograrlo, pero no es eso lo que se busca, sino el consumo desenfrenado, acéfalo, pulsional, un deseo que parece más una demanda, una obligación frente al aburrimiento. No obstante todas estas recetas para curarse del aburrimiento no hacen más que provocarlo. También la saturación, la elección continua, la necesidad de un estímulo cada vez mayor no hace más que reducir el umbral del aburrimiento. No hay nada más que pensar en un niño el día de su cumpleaños, cuando ante una auténtica avalancha de regalos, llega a aburrirse. Las recetas del capitalismo son siempre la misma: que la maquinaria del consumo no cese, aunque se lleve por delante a quien sea. El capitalismo ha entendido bien la condición humana, nos muestra lo que nos falta y nos promete colmarlo, aunque con unos efectos secundarios que pueden ser intolerables.

Por eso hay que aprender a aburrirse, utilizar ese tiempo para pararse, para pensar, para encontrar un rato de sosiego ante un mundo frenético lleno de publicidad, objetos y ruido, hay que saber poner en marcha la rueda del deseo, pero desde nosotros mismos, no intentar taponar con cosas cualquier repunte de la angustia; a fin de cuentas, no hacerse esclavo de un mecanismo que, aunque nos venda que es la solución al tedio, no hace más que provocarlo.

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