Intolerantes a la espera

A esperar se aprende. Los bebés lloran hasta que alguien atiende sus demandas, no soportan la espera, luego, para todo, nos queda esperar. La revolución de las comunicaciones ha hecho estragos en nuestra renuencia a esperar. Viajamos en avión, en trenes de alta velocidad, el correo es electrónico e instantáneo, cualquier opinión, cualquier fotografía que colgamos en las redes sociales pueden ser respondidas casi de inmediato, cualquier producto podemos recibirlo rápidamente en casa, las empresas compiten por reducir el período de entrega, parece que quieren conseguir que entre el deseo y la compra no medie nada, vaya que nos arrepintamos. Cuanto más fácil y rápido sea tener algo mucho mejor. A pesar de sus entusiastas esta época del nanotiempo viene, al menos, con dos efecto colaterales: la impulsividad y la intolerancia a la espera.

Por un lado, como digo, se va consolidando la impulsividad. Parece que nuestro mundo es el del mercado de valores, hay que decidir rápido, hacer caso a la intuición, dejar la burocracia del juicio mental y dejarse llevar por los impulsos. La literatura del management glorifica esta forma de actuación, como señalan Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez en “Poder y sacrificio”: hay que innovar, ser creativos, romper el esquema del mundo funcionarial. Y en ese camino vamos haciéndonos cada vez más impulsivos, se trata de gozar y además de hacerlo rápido, lo cual encaja muy bien en esta era del usar y tirar, de la obsolescencia programada.

Y el otro efecto de la velocidad de nuestro tiempo es que nos estamos haciendo intolerantes a la espera. Nos molesta que no se conteste un mensaje, por lo general anodino, que hemos mandado por teléfono, que las descargas tarden en llegar a nuestro ordenador, que no nos den un “me gusta” a una foto trucada, que, en definitiva, el tiempo se interponga entre los deseos y su materialización.

bolsa

Nuestros días son los propios para la patología límite, que es la de la impulsividad, la del malestar ante la frustración, es decir, ante la espera, la de la inestabilidad, por eso cada vez se diagnostican a más personas de trastorno límite de la personalidad. Pero también lo es de las trastornos por déficit de atención con hiperactividad, donde parece que el espíritu de nuestro tiempo se ha encarnado: inatención, rapidez, salto de un tema a otro y, de nuevo, la impulsividad.

Desear y tener inmediatamente no nos hace más felices, lo vemos a diario, sino que nos aburre, y el aburrimiento, por falta de deseo, entronca directamente con la tristeza, con la depresión, eso que para muchos es el mal de nuestra época. Y es que cuando el deseo se hace demanda empuja, exige y requiere inmediatez, ordena su satisfacción inmediata. Es el nuestro un tiempo de demanda. Frente a esa lógica cualquier llamada al sosiego, a la tranquilidad, a la espera, se interpreta como reaccionaria o anacrónica… pero, a la vez, necesitamos más calma que nunca. Poliferan los centro del bienestar donde enseñan a meditar, a relajarse, a respirar; buscamos viajes de desconexión, lugares donde el tiempo vuelva a pasar como ha pasado siempre; compramos alimentos ecológicos; glorificamos lo natural; hacemos terapias de desintoxicación del móvil, de las redes sociales… buscamos el tiempo propio de los humanos, que es un tiempo en el que son necesarios la espera y el aburrimiento, el sosiego para meditar (en el sentido occidental) sobre las decisiones y la propia vida. Lo curioso de nuestra época es que estamos dispuestos a pagar para tener ese tiempo, como si fuera un producto más.

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