En un mundo de robots, ¿dónde quedamos nosotros?

Cada vez parece más claro que la lucha de clases en el futuro se tratará de una lucha entre humanos y robots. No es ciencia ficción. La sustitución de los trabajadores por las máquinas, que se inició con la revolución industrial, parece imparable. Recientemente la empresa de seguros japonesa Fukoku Mutual Life Insurance ha sustituido a empleados administrativos por una plataforma de inteligencia artificial que posee una “tecnología cognitiva que puede pensar como un ser humano”. Pero eso no es todo, se piensa que casi la mitad de los trabajos de Japón podrán ser realizados por inteligencias artificiales en 2035, trabajos no forzosamente de baja cualificación. La amenaza de la sustitución no se ciñe únicamente a empleos industriales sino que puede afectar a trabajos para los que actualmente se requiere una alta formación. Ante este panorama se abren tres caminos, como señala el filósofo y autor del libro “Transhumanismo” Antonio Diéguez: “Según los más optimistas, las máquinas inteligentes, los robots, harán el trabajo por nosotros y sólo deberemos organizar la sociedad para repartir equitativamente la riqueza. Todos viviríamos como potentados ociosos. Según los más pesimistas, tendremos ejércitos de desempleados, mantenidos por el Estado en condiciones de mera supervivencia, e incapaces de hacer nada valioso con su vida, más allá de consumirla en una realidad virtual proporcionada por las máquinas”. Y un tercer escenario, mucho más pesimista, que ha propuesto el profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Edward Fredkin, en el que los seres humanos seríamos animales casi prescindibles que, con suerte, podríamos servir como mascotas de los robots.

Este tema, con todas sus derivadas, como la ética de los algoritmos, junto con el cambio climático y la acción humana son probablemente los más interesantes que tratan los filósofos en la actualidad. Cada época piensa en los problemas que les son propios y más acuciantes. En un post anterior ya hablamos de la inteligencia artificial y la esencia humana, en éste quiero referirme a los problemas que esta nueva realidad nos abren a los psiquiatras y psicólogos.

No sabemos cómo va a ser nuestro futuro, si tendremos una vida de patricio romano dedicándonos al cultivo del placer o si nuestro mundo se parecerá al de las películas postapocalípticas con dos clases muy diferenciadas: una casta de ricos que habrán podido aprovechar las ventajas tecnológicas, bien por herencia o porque sus trabajos no pueden ser realizados por inteligencias artificiales, y una clase de desempleados sin futuro que, como señala el profesor Diéguez, se dedique a vivir en la realidad virtual. No sé si esta pregunta se la formuló algún hombre de la prehistoria y el futuro distópico es éste en el que estamos. Veremos. Lo que me parece más interesante, para el campo de la salud mental, es la vida de los seres humanos cuando no tengamos, si es que eso llega a a ocurrir, nada que hacer. El biólogo y filósofo de la ciencia Carlos Castrodeza recoge en su libro “La darwinización del mundo” unas observaciones del etólogo Konrad Lorenz acerca de que los animales domésticos, por el proceso de la domesticación, cambian su comportamiento, dejan de estar alerta, comen y copulan a placer, pues no hay depredadores a los que temer, a esas dos funciones se reduce su universo. Cabe pensar que algo parecido nos ocurriría, de ahí que las realidades virtuales en las que se presupone que “viviríamos” estarían, muy probablemente, relacionadas con el sexo, con la satisfacción sexual inmediata. En cierto modo, Internet ya nos ha traído eso, sin la sofisticación que se supone podrán llegar a tener los entornos de realidad virtual del futuro.

inteligencia-artificial-empleo

Aunque portamos el acervo genético de nuestra historia evolutiva y que éste es el soporte que nos permitió la vida en la sabana, el ser humano sigue evolucionando, incluso de una manera acelerada. Como se desprende de un estudio reciente publicado en PLOS Biology en el que los investigadores observaron que variantes genéticas vinculadas con la enfermedad de Alzheimer y el tabaquismo eran menos frecuentes en personas con una vida más larga. Si la evolución sigue funcionando podemos pensar que acabaremos adaptándonos a un nuevo mundo con una presencia muy alta de máquinas. Lo que ocurre es que la evolución ni es tan rápida ni necesariamente justa. Seguiremos funcionando con nuestros sistemas. Seguiremos angustiándonos, y si una parte importante de la población va a vivir en condiciones cercanas a la mera subsistencia el malestar psíquico está garantizado, del que tampoco pueden salvarse los privilegiados de la robotización del mundo. Sin embargo, las estrategias para enfrentarse al malestar de unos y otros sí pueden ser diferentes.

Cuando tenemos poco que hacer aparece el tedio y la necesidades de procurarse placer para combatirlo. Algo de eso estamos viendo ya, los últimos años parecen estar gobernados por el imperativo del goce a toda costa: los mensajes publicitarios van en la dirección de inducirnos al disfrute, al placer sin límite, los consejos que nos dan, y damos, parecen todos iguales, “lo que tienes que hacer es disfrutar”. La vida en común parece que se va reduciendo a una forma de obtener placer acompañados, lo que no implica, que, en muchas ocasiones, no deje de ser una forma distinta de soledad. Las redes sociales nos dan la apariencia de tener una amplia red de amigos cuando no dejan de ser una comunidad de individuos con los que no es fácil contar salvo para dar un “me gusta” o hacer retuit. Si la realidad virtual es la solución a un futuro de aburrimiento no haremos más que ahondar en el camino a la soledad. Somos animales sociales, pero nada nos garantiza que sigamos siéndolos. Eso quiero pensar, aunque, no sé, tal vez no nos estamos dando cuenta de que somos formas poco evolucionadas de robots. El tiempo lo dirá.

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