¿Qué hay más allá del placer?

En estos días de navidad se da la curiosa paradoja de que es el período en el que más compras se realizan y cuando más hablamos de apostar por valores menos materialistas. Tal vez no sea tan paradójico, sino que la reflexión acerca de la mercantilización se hace necesaria ante tal derroche. Estas fechas, sin duda, se hallan marcadas por el exceso: comemos de más, bebemos de más, compramos de más. Sabemos que todo lo estamos haciendo de más, que hemos pasado cierto límite del placer. Más comida no nos hace sentir mejor, ni más regalos ni más fiestas. Llegamos a enero como al final de una carrera que nos ha dejado exhaustos pero de la que parece que no nos podemos salir, como si alguna fuerza nos empujara y poco pudiéramos hacer para frenarla. Todos estos excesos, como hemos dicho, traen culpa, remordimientos, en definitiva, un extra de malestar.

Hace un siglo el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, se preguntaba por qué los seres humanos parecen no regirse sólo por el placer, por qué caemos una y otra vez en las mismas piedras, en los mismos fallos, por qué enlazamos una y otra relación que nos hace sufrir, por qué seguimos consumiendo esto o aquello que sabemos que nos dan sólo una satisfacción inmediata pero que más tarde o más temprano nos acaba dañando. Freud intuyó que no sólo nos regimos por el placer, sino que hay un más allá del principio del placer que también nos gobierna. Es el territorio de la compulsión a la repetición, del sinsentido, de la pulsión, de aquello que escapa a nuestro control, de lo que nos lamentamos pero parece que no podemos dejar de hacer, de la pura satisfacción.

Ese más allá del principio del placer es un placer paradójico que Jacques Lacan llamó jouissance para distinguirlo del plaisir y que traducimos como “goce”. Un placer que acarrea sufrimiento, un placer displacentero que es, además, lo más individual de cada uno. Cada uno goza a su manera de objetos que son particulares. Desentrañar el goce de cada uno es una de las tareas del psicoanálisis y es, precisamente, lo más original del método, la escucha de lo singular. Al psicoanálisis poco le importa la frecuencia de tal o cual síntoma sino lo que representa ese síntoma para esa persona que está tumbada en el diván. Pero el lugar del goce no es el lugar del sentido, y ésta es otra de las aportaciones del psicoanálisis, en este caso, de orientación lacaniana. La palabra (el orden simbólico) no llega al goce. El goce está por fuera, más allá, del sentido. Por eso no podemos explicarlo por la lógica de la palabra. El goce nos aleja de los demás, nos encierra en nosotros mismos. Es un mecanismo ciego basado sólo en la satisfacción no sublimada de una pulsión.

compras

Las culturas siempre han intentado poner freno al goce, limitar esa compulsión autística que nos es propia, pero que es pura destrucción, pura pulsión de muerte. Sin embargo, desde el psicoanálisis se advierte que estamos en un tiempo marcado por el imperativo de gozar. Los medios de comunicación, la publicidad, los contenidos de las redes sociales, parecen tener el mismo mensaje: libérate de ataduras y goza. Entrégate a tus impulsos. El mecanismo del capitalismo es precisamente el de la compulsión a la compra: la obsolescencia programada, los cambios de modelos de los mismos aparatos y un sinfín de técnicas que nos empujan a consumir sin parar, sin límite. Y en eso estamos, especialmente en Navidad. ¿De cuántas cosas que hemos devorado  nos arrepentimos ahora? ¿Realmente qué placer nos han proporcionado? ¿Ha sido un placer displacentero? Hemos sentido la maquinaria del goce en estas fechas, pero siempre anda ahí, detrás de las compras, de las relaciones sentimentales, del sexo, del trabajo que nos invade… El goce está en nosotros, por eso siempre anda ahí. Y es ese ahí al que se dirige el psicoanálisis. A esa forma peculiar de placer que nos hace sufrir tanto.

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