El transgenerismo y la psiquiatría: de la perversión a la despatologización

La cuestión de la transexualidad sigue generando debate entre los psiquiatras y los psicólogos, y no sólo entre nosotros. La cuestión fundamental es si se trata o no de un diagnóstico médico, pero este debate atañe al mismo corazón de la psiquiatría: la esencia misma de las enfermedades mentales, de la identidad, la cuestión de la naturaleza humana o la influencia de la cultura.

Una de las cuestiones preliminares es el uso de los términos transexualidad, disforia de género, transgenerismo, disforia de género… Estos términos no son iguales y suponen planteamientos teóricos y políticos también distintos. Aquí pueden leer un artículo interesante del sociólogo Jordi Mas Grau sobre este debate que va mucho más allá de un asunto terminológico. Yo voy a utilizar el término transgenerismo por ser el más cercano a mi línea de pensamiento.

La historia de la patologización del transgenerismo se inicia con la obra del psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing titulada Psychopathia sexualis y publicada en 1886 que considera un trastorno mental todo comportamiento sexual que no tenga por fin la procreación. En este tratado se recoge algún caso de lo que hoy se ha llamado “trastorno de la identidad de enero” pero que Krafft-Ebing no distingue de la homosexualidad. Esta distinción la realizó otro psiquiatra, Magnus Hirschfeld, en 1923. En los años veinte algunos médicos comenzaron a realizar intervenciones quirúrgicas experimentales que llegaron a popularizarse con Christine Jorgensen, una mujer trans que en 1952 fue intervenida con éxito para reasignar su sexo, aunque años antes había sido intervenida la artista danesa Lili Elbe, cuya historia se cuenta en la película La chica danesa. Estas intervenciones fueron criticadas por muchos profesionales sanitarios durante décadas, y las réplicas de estas críticas llegaron a nuestro país cuando el Estado ofertó el tratamiento de reasignación de sexo dentro de la cartera de prestaciones sanitarias.

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Portada original del tratado “Psychopathia sexualis”, 1886.

La transexualidad se incluyó en la clasificación de trastornos mentales de los psiquiatras nortemaericanos (DSM) en 1980 cambiando de nombre pero manteniendo su consideración como un trastorno mental. Hoy, con la quinta edición recién publicada el debate sigue, en el DSM-5 se ha llamado a este fenómeno “disforia de género”.  Hay una línea, liderada por el responsable del grupo de trabajo de trastornos de la identidad sexual y de género del DSM-5, Keneth J. Zucker, que defiende seguir considerando la disforia de género como un diagnóstico con la pretensión de que las personas transgénero puedan seguir recibiendo atención sanitaria para la reasignación de sexo (no hay que olvidar que el DSM-5 se destina, sobre todo, a EE.UU. donde la asistencia sanitaria la brindan fundamentalmente compañías de seguros y que éstas sólo financian “trastornos”) y por otro lado a una reconceptualización del diagnóstico que ponía énfasis no en la cuestión de la identidad de género del malestar, la disforia, que supone la incongruencia entre el género experimentado y el género asignado al nacer.

Lili Elbe (a la izquierda) y Christine Jorgensen

Pero hay otra línea, defendida, entre otros, por Jack Drescher, miembro también del grupo de trabajo que encabeza Zucker, que propone la eliminación del DSM de los “trastornos de la identidad de género”, como ya ocurriera con la homosexualidad en 1973 con base en la estigmatización que un diagnóstico psiquiátrico supone para estas personas, apoyándose por un lado en que los diagnósticos psiquiátricos, como señala Thomas Szasz en términos foucaultianos, son subjetivos, ligados a la cultura y reflejan los esfuerzos de la sociedad para controlar la conductas de sus ciudadanos; por otro en que no todas las personas trans presentan disforia o quieren una intervención quirúrgica para la reasignación sexual y, por último, negar el acceso a tratamiento de quienes que lo deseen apoyándose en que no se sea considerado un trastorno mental o “médico” supone una clara discriminación porque condiciones como el embarazo o la menopausia son atendidas por compañías aseguradoras y servicios de salud a pesar de no ser enfermedades. En esta línea y como una especie de solución salomónica, la undécima revisión de la clasificación internacional de enfermedades (CIE-11) auspiciada por la OMS y prevista para 2018, parece que va a incluir las “incongruencias de género” en una sección llamada “estados relacionados con la salud sexual”.

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Cartel de la película “La chica danesa”.

A pesar de los debates de los psiquiatras la corriente hacia la despatologización de las identidades trans sigue avanzando. La Red por la Despatologización de las Identidades Trans del Estado español publicó en 2012 una guía de buenas prácticas para la atención sanitaria a personas trans que podéis consultar aquí. Hacia eso vamos.

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